• La labor de las vecinas de la Parte Alta de Coquimbo es esperanzadora. Cocinan lo que pueden para dar de comer a la mayor cantidad de personas posibles que lo necesitan.
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Lautaro Carmona
En la Parte Alta de Coquimbo y en el sector de La Antena, en La Serena, el confinamiento es a gusto del consumidor: el que quiere lo respeta y si no, no pasa nada. Constatamos en terreno la ausencia de fiscalizaciones, y los pobladores dan cuenta de fiestas clandestinas y delitos que no son denunciados. De los permisos temporales ni hablar, sólo se sacan para ir al centro, y el libre tránsito está normalizado. La pobreza se agudiza, a lo que se suma que la mayoría trabaja de manera informal y no puede generar recursos en este momento, por lo que las ollas comunes se han vuelto un alivio al menos dos días por semana. ¿El resto del tiempo? A correr el riesgo y asumir las consecuencias. El hambre da más miedo que el Covid y duele más que las multas.

La cifra de contagios suma y sigue en la conurbación y las críticas respecto al cómo se está llevando a cabo el confinamiento obligatorio continúan. Pese a ello, ayer de manera sorpresiva se sumó una tercera comuna en la región que entrará en cuarentena la noche del viernes. Se trata de Ovalle que en las últimas semanas también ha experimentado un explosivo aumento de casos. El escenario que a estas alturas, se pensaba, sería más favorable, se ha tornado cada vez más incierto y así las cosas nadie se atreve ni siquiera a dar un estimado respecto al tiempo que durarán estas medidas. ¿Estamos en el peak?, ¿se viene lo peor? Son preguntas cuyas respuestas se ocultan bajo un mar de dudas.

Al lado del camino

Nadie sabe lo que pasará, y la gente de los barrios más vulnerables sólo se esfuerza por sobrevivir el día a día. Pensar en el futuro podría volverse un tormento cuando ni siquiera está asegurado el presente. Ya hemos visto lo que está ocurriendo en los sectores céntricos de La Serena y Coquimbo: un verdadero caos que tuvo su máxima expresión el día lunes cuando la cifra de permisos entregados superó los 71 mil, y lo peor de todo fue que, tal como criticaron las autoridades, no los estaban utilizando de manera correcta. Pese a que tanto ayer como el martes, los permisos disminuyeron, el panorama sigue siendo desalentador y las filas de los bancos y las AFP se erigen como un foco de estrés y Covid.

Allí se han concentrado las fiscalizaciones, y es entendible, por el tránsito humano y de vehículos. Pero existen lugares de la conurbación que parecieran tener “sus propias reglas”. En la periferia tanto de Coquimbo como de La Serena, hay poblaciones y pobladores que se mueven a un costado del camino, teniendo un solo fin: resistir a la pandemia sanitaria y a la económica.

La parte alta volando bajo

Llegamos a la Parte Alta de Coquimbo, al sector de Villa El Faro, y pese a que ya pasamos las tres semanas de confinamiento, hay gente convencida de que no está prohibido salir de sus casas si lo hacen “a menos de dos cuadras”. Aquello lo constatamos en un almacén desde donde entraba y salía gente sin ningún tipo de permiso. Cuando consultamos a las dependientas su respuesta fue que: “No hay ninguna prohibición para que la gente venga a comprar si vive cerca o en la misma población”. Totalmente falso, ya que el sólo hecho de poner un pie fuera del domicilio constituye una infracción al artículo 318 del código penal. 

Pero ella no da crédito, y afirma confiada que, “igual nunca fiscalizan y nadie nos ha dicho nada. Yo no voy a dejar de venderle a la gente sus alimentos. De todas formas, tengo la opción para ir a dejarles las cosas, pero si llegan acá no los voy a correr”, expresa la dueña del local, mientras sigue atendiendo.

A la salida, una señora y su pequeño sin mascarilla esperan su turno para ingresar. ¿Permiso? Ninguno, “los tengo que ocupar para ir al súper el viernes y el otro guardarlo por cualquier cosa”, señala la coquimbana.

“No les importa”

Avanzando por el sector, encontramos a la presidenta de la Junta de Vecinos Angelina Muñoz, quien tiene sentimientos encontrados con respecto a la cuarentena ya que es consciente de que en lugares como ese, poco se respeta fundamentalmente porque no existe ningún control. “Desde que comenzó la cuarentena yo no he visto a nadie fiscalizando por acá, y usted sabe que si no la están vigilando, la gente no hace caso”, indica, mientras vemos a pasar a jóvenes en bicicleta, sin mascarilla justo en frente de nosotros.

Además, la dirigente advierte de otras situaciones, “que no deberían suceder”, como frecuentes fiestas clandestinas, y la utilización por parte de un grupo de jóvenes de la multicancha donde dos veces por semana realizan “sus pichangas” en medio de la cuarentena total.

Consultada respecto a por qué no se realizan las denuncias cuando están sucediendo estos hechos, es categórica: “A nadie le importa”, puntualiza, aseverando que es una cosa normalizada en prácticamente toda la Parte Alta de Coquimbo.

Solidarios

Pero son tiempos difíciles, y más allá de toda normativa ha aflorado la solidaridad. Angelina Muñoz, fue una de las pioneras en realizar ollas comunes en el lugar, y en su momento llegó a entregar alimento a unas cien familias que habían perdido el trabajo. Sin embargo, ahora con la cuarentena han dejado de recibir donaciones, por lo que no han podido seguir realizando esa labor solidaria. “Lamentablemente se nos acabaron los recursos, estamos haciendo gestiones pero no nos alcanza para volver con nuestra iniciativa”, cuenta. Y agrega que quien quiera prestarle ayuda, no dude en contactarse con ella al +56 9 9153 3208.

En El Canelo, otro sector de la Parte Alta, Jaqueline San Martín, presidenta de la Agrupación de Mujeres Luchadoras, sí ha podido continuar cocinando para la gente de su comunidad, pero en menos cantidad. Antes de la cuarentena repartían  unas 100 raciones de lunes a domingo, pero desde que inició el confinamiento sus recursos sólo les han alcanzado para funcionar dos días. Uno de ellos, precisamente ayer, donde la encontramos cocinando junto a otras tres vecinas en la sede social. “Es una lástima, porque sabemos que hay gente que dependía de esto para comer, y ahora no sé, se están teniendo que aferrar a otra cosa. La mayoría no puede trabajar, porque son informales y no pueden salir, incluso sé de gente que nunca cotizó y tampoco pudo retirar el 10%, entonces es muy complicado”, dice Jacqueline, mientras revuelve fideos en una olla enorme, hasta que llega Franklin, junto a su pequeño a buscar cuatro raciones, para él, sus dos hijos y su pareja.

El hombre coquimbano agradece la labor ya que reconoce que “le alivian la vida” al menos en los días en que están entregando  alimentación. El resto de la semana, “hay que buscar la manera de comer”, dice, crudo y escueto, sin ningún tipo de permiso. No le importa, la infracción, le importa alimentar a sus hijos.

La pandemia generó que perdiera su trabajo en la construcción, pero seguía haciendo “pololitos” esporádicamente hasta que la cuarentena le dio el golpe de gracia. “A mí nunca me ha gustado andar pidiendo, pero tengo que ser realista. Hoy en día no puedo trabajar, y no tengo recursos. Mis hijos tienen que comer. Hasta el momento me han llegado algunos bonos del gobierno, pero no alcanza. Lo único que espero es que esto termine pronto, porque ya son demasiados meses y hay gente como yo, como mi familia estamos perdiendo todo lo que logramos construir”, sostuvo el poblador.

Jacqueline también requiere ayuda para continuar con las ollas comunes, por lo mismo hace el llamado a que si alguien quiere aportar, la llame personalmente al +56 9 5350 5921. “Si no nos ayudamos entre nosotros, quién nos va a ayudar. Es tiempo de ser solidarios. Nosotros vamos a dejar la comida a las personas, para que ellos no tengan que salir de su casa y respeten la cuarentena también, pero entendemos que hay gente que viene igual sin su permiso, porque se desespera, tiene hambre y los mata la ansiedad”, explicó.

Delincuencia no da tregua

Pese a que los delitos en general han disminuido respecto al año anterior en al lapso que llevamos de cuarentena en la conurbación, la dirigente relata que los antisociales no han tenido ningún escrúpulo para robarle a su propia gente que ya que han ingresado en cinco oportunidades a su sede para robar mercadería. “La verdad es que no se entiende cómo puede haber gente que actúe así. Son personas de acá mismo que saben que esta comida es para la gente. Por más que a mí me digan que la delincuencia ha disminuido yo le puedo decir a usted que aquí eso no ha ocurrido”, expresó.

La antena entre el bien y el mal

En el sector de La Antena, en La  Serena, la gente también “hace lo que quiere”. Personas comprando alcohol a plena luz del día y bebiéndolo en la calle es una de las postales con las que nos encontramos al llegar al lugar. Aquí la delincuencia tampoco ha perdonado y así lo consigna la gente, eso sí, con temor ya que “aquí te matan y después te preguntan”, dicen un señor que durante el mediodía de ayer estaba sentado en una esquina junto a otros tres pobladores sin ningún tipo de permiso para estar fuera de su casa.

La noche del martes se registró el último robo con intimidación en un domicilio, donde ingresó un grupo de sujetos con armas de fuego llevándose especies avaluadas en un millón y medio de pesos. Días antes, tuvo lugar otro asalto en un local de comida que lo sufría por segunda vez. “Nunca, nunca hemos tenido tranquilidad en lo delictual, estos gallos incluso se aprovechan de que los Carabineros andan pendiente de otras cosas y andan robando”, expresó el vecino quien, eso sí, reconoció que ha disminuido el tráfico de drogas por alguna razón. “Se ven menos de estos ‘fumones’ en las esquinas, como que se han guardado. Lo que sí se ve más es que vienen a comprar de otros lugares, incluso en toque de queda”, expresa.

El panorama es parecido al de la Parte Alta: un día normal, gente transitando, comprando y niños jugando. “Lo que pasa es que los carabineros no fiscalizan. Nunca lo han hecho. Estos días se han visto porque se han producido primero el robo y después el asalto en la casa, pero comúnmente no andan viendo si la gente tiene permiso o no. Somos tierra de nadie, y yo me pregunto cuánta gente más habrá aquí contagiada y nunca se van a enterar”, asegura el poblador.

Lo bueno prima

Pero el lado bueno emerge y parece ganarle a lo negativo. Allí, entre tanto drama social se erige la solidaridad y entre los mismos vecinos han juntado dinero para poder realizar una olla común y dar de comer a quiénes no tienen cómo comprar alimentos, familias que han quedado sin trabajo, y también a personas en situación de calle que pernoctan en la quebrada. Una de las que lidera esta iniciativa es Patricia Véliz, Presidenta de la Junta de Vecinos de la población Juan XXIII, quien asegura que a veces no alcanza para todos, lamentablemente, pero se hace hasta lo imposible por entregar una ración a quienes llegan a hacer la fila desde las 11:30 horas, dos o tres días a la semana. “Hemos tenido apoyo, y gente voluntaria nos ha venido a dejar cosas, pero tenemos que ir racionando porque los alimentos se acaban, y no queremos que eso pase. Y aquí hay que reconocer el aporte del municipio también, porque ellos igual reparten raciones”, precisó.

No hay respeto y falta información

Carlos Santiago, esperaba su ración en la sede de la junta vecinal pero lamentablemente ayer no hubo olla común debido a que las vecinas dedicaron el día al aseo y sanitización del lugar. “Habrá que aguantarse nomás”, dijo, resignado. Y es que como pensaba que le entregarían el almuerzo, no compró nada, “para hacerme una sopita o algo y comer”, indica, agregando que ya la próxima comida será en la noche, muchas horas más tarde, sólo si se puede. “Voy a ver qué hago. Tengo que comprarme algunas cosas, unos pancitos, pero primero tengo que ver cómo junto algunas monedas. Tal vez me limpie unos autos, ahí en el consultorio, vamos a ver qué pasa”, sostuvo el vecino, cesante de 60 años, quien grafica cómo se vive la cuarentena en la población, en el barrio bravo, lejos de las zonas céntricas, donde no llegan los planes ni asustan las medidas. Donde sino se interviene pronto, habrá que seguir extendiendo la cuarentena, o peor aún, habrá gente pasando hambre.

 

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