Crédito fotografía: 
Lautaro Carmona
La familia de Marion con una fotografía de ella. Beatriz Ocaranza (madre); Gabriela Michea Verdugo (hija) y Manuel Verdugo (padre), orgullosos de la decisión que tomaron la que, aseguran, les ayuda a mitigar el dolor.

Se fue una vida, pero podrán vivir cinco más. Esto gracias a la generosidad de una familia serenense, que este lunes tomó la decisión más difícil cuando se enfrentaron a la encrucijada entre donar o no lo órganos de un ser querido.

Optaron por la primera alternativa, y de esta forma, Marion Verdugo, de 42 años, se convirtió en la tercera donante de la Región de Coquimbo en lo que va del 2019, la segunda en menos de una semana, ya que hace pocos días, una joven deportista de Coquimbo hizo lo propio, contribuyendo a disminuir el déficit que existe a nivel general en el país, donde la lista de espera alcanza a la preocupante cifra de 2029 pacientes que aguardan por una oportunidad para seguir viviendo.

El dolor inicial

Cuando llegamos a la casa donde Marion estaba siendo velada ayer viernes, el dolor se mezcla con la satisfacción de “haber hecho lo correcto”. Su hija, Gabriela, nos recibe y nos cuenta detalles de la tragedia que llegó de improviso cuando Marion se encontraba con sus dos pequeñas de 6 y 7 años en el departamento que hace poco había adquirido en el sector de Puertas Del Mar.

Fue el viernes por la noche, cuando la mujer comenzó a sentirse mal. Al principio no le dio importancia, ya que padecía de un asma crónica y de vez en cuando le venían crisis, “pero nunca tan graves. Las controlaba”, cuenta Gabriela Michea. Sin embargo, esta vez todo fue diferente, los ahogos no pararon y fue una de las niñas las que dio aviso a los guardias de seguridad del edificio para que llamaran a una ambulancia, “pero no llegó nadie. Así que mi mamá tuvo que llamar a su ex pareja, para que la fuera a buscar, y él la llevó hasta el hospital de La Serena”, relata la hija de 23 años.

En el recinto médico no fue demasiado lo que pudieron hacer. Intentaron reanimarla, pero no respondía y no les quedó otra alternativa que conectarla a un ventilador artificial. Marion estaba al borde de la muerte.

Toda la familia llegó al hospital esa mañana, rezando por un milagro, y sin respuestas por parte de los médicos, quienes tampoco se aventuraban a dar un diagnóstico preciso y se limitaban a pedir paciencia.

Pasaron los días. Sábado, domingo y lunes entre exámenes y plegarias, pero a medida que iba transcurriendo el tiempo, también decaía la esperanza. Finalmente, el día lunes al mediodía los doctores del Hospital San Juan de Dios fueron categóricos: la mujer estaba con muerte cerebral y ya no había posibilidad de que despertara. “Para nosotros fue terrible escuchar eso, porque nunca perdimos la esperanza durante el tiempo que ella estuvo internada. Pensábamos que se iba a recuperar, que algo se iba a poder hacer”, sostiene Gabriela. En lo mismo enfatiza Beatriz Ocaranza, madre de Marion, quien cuenta que estaba convencida de que no era el momento de su hija para partir. “Era una persona tan joven, llena de vida y además con dos niñas chiquitas. Entonces yo no concebía que ella partiera de este mundo”, expresa, mientras brotan lágrimas de sus ojos.

La decisión

Cuando supieron que no había nada qué hacer, llegó el momento en que los médicos le plantearon la interrogante. Tras una serie de exámenes donde constataron que su cerebro no reaccionaba ni reaccionaría con nada, les preguntaron si Marion donaría sus órganos. “Nos llamaron a una sala, a toda la familia y nos plantearon el tema de que en el carnet de mi mamá decía que era donante. Ahí se produjo un silencio entre nosotros, teníamos que decidir pero en momentos así nadie se atreve a decir nada”, cuenta Gabriela.

Hubo una división en la familia, pero finalmente llegaron a un consenso tras un día entero de reuniones con psicólogos y profesionales del hospital.  La madre de Marion, Beatriz, no quería que tocaran el cuerpo de su hija, pero Gabriela era partidaria de que se respetara la decisión que había tomado en vida. Además, asegura, que en vida alguna vez hablaron sobre el tema y Marion le manifestó su intención de donar sus órganos. “Lo teníamos claro con mi mamá. Ella no quería que se la comieran los gusanos, yo sé que si ella hubiese estado acá hubiese tomado la misma decisión que tomamos”, dice la hija, quien fue la encargada de dar el sí definitivo. “Yo al final cedí, entendí que era un tema en el que no me tenía que meter, si es que era la voluntad de Marion”, agrega Beatriz.

“Era lo mejor”

Pese a que fue difícil, en la familia de Marion Verdugo están convencidos de que tomaron la mejor decisión, y que si hubiesen seguido otro camino no tendrían la paz que hoy los embarga aunque el dolor siga latente. Saben que hicieron un bien, ya que “mi madre donó cinco órganos a cinco personas diferentes. O sea, gracias a ella, hoy hay cinco familias que están felices porque para ellos mi madre fue el milagro que esperaban”, indica orgullosa Gabriela, y Beatriz asiente con la cabeza, sonriente.

“No podemos estar tristes”, cuenta Manuel Verdugo, el padre de la fallecida, quien precisa que “lo llena de orgullo” la decisión que tomaron, siguiendo el deseo de Marion en vida. “Esto nos tranquiliza, porque sentimos que ella no se ha ido del todo, parte de ella sigue con nosotros. Así era Marion, hizo el bien incluso después de que perdió la vida”, afirma el padre.

 

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